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domingo, agosto 31, 2008

Día 15: Flagstaff- Grand Cannyon-Boulder City (Nevada)

Era uno de los días más esperados. Nos esperaba el paseo en helicóptero por encima del Gran Cañón del Colorado. El vuelo lo habíamos reservado en el aeropuerto el día anterior en el aeropuerto, que queda un poco antes de la entrada sur del parque. Igual deberíamos haberlo reservado antes porque no había hasta las 14.00h y lo queríamos a primera hora. Pero bueno, así aprovechamos para visitar otro rato más el Gran Cañón.

Esta vez fuimos al Desert View que queda al este del Parque. Para ello nos levantamos temprano, una vez más. Carlos siguió con sus problemas con la alarma del móvil. Esta vez no le sonó. El dijo que lo había dejado bien puesto. Ya, claro.
Una vez allí, Después de las fotos de rigor en las que se veía el Río Colorado más cerca que desde los miradores del día anterior, nos dispusimos a realizar una foto completa con los 5 fantásticos. Para ello un miembro del grupo les dijo a 2 chiquillas que teníamos al lado, y que hablaban medio en catalán medio en castellano, a ver si estas 2 chicas tan guapas y tan españolas lo podían hacer. La foto la sacaron pero no pusieron buena cara. Que conste que no lo hicimos con mala intención.

El tiempo se nos había echado encima. Debíamos volver al aeropuerto rápidamente. Así que al conductor, cuyo nombre omitiré, no le quedó más remedio que saltarse todos los límites de velocidad posibles y efectuar unos cuantos adelantamientos temerarios. Ni aún así llegamos a tiempo. De todas formas no nos valió de nada. Ya al llegar y ver todos los helicópteros en tierra nos temimos lo peor. Era un día con bastante viento y estaba nublado. Efectivamente no estaban saliendo los vuelos.
Fue un bajón tremendo. Era una de las cosas más atráctivas que habíamos planeado para nuestras vacaciones, sino la que más. Se juntaba el vuelo en helicóptero, que ya solo es suficientemente atractivo, con hacerlo sobre el Gran Cañón.

No había solución. Asi que nos tuvimos que ir a comer unos tristes sándwiches de mortadela y salami que habíamos comprado en un Walmart y que en otras condiciones nos hubieran sabido a gloria. Además justo empezó una tormenta, así que decidimos largarnos del Gran Cañón rumbo a Las Vegas donde podríamos matar nuestras penas jugándonos el dinero que nos habíamos ahorrado con la suspensión del vuelo.

Nos estuvo siguiendo la tormenta prácticamente toda la tarde. En algún punto intentamos coger algún rayo con nuestras cámaras y alguno lo consiguió. También vimos algún arcoiris.

Pasamos por pueblos como Seligman y Kingman. El primero mucho más pequeño y coqueto con todos los establecimientos de la Main Street haciendo alguna mención a la ruta 66. Es una parada obligatoria de todos aquellos que quieran seguir la ruta. El segundo en cambio es un pueblo más grandote y no tiene tanto encanto. También tiene un museo de la ruta 66 al que llegamos cuando estaba cerrado una vez más.

Como anécdota decir que al llegar a Kingman un vagabundo nos recibió preguntándonos si eramos franceses, enemigos de EEUU. Parece que desde la guerra de Irak no tienen mucho aprecio a los franceses por aquí.

Después de tomar unas frescas birras en un tugurio local retomamos el coche. Aquí abandonamos la ruta 66 que nos ha acompañado desde Chicago (que lejos suena ya). Nos vamos dirección Las Vegas y luego seguiremos hacia el norte dirección San Francisco. Trataremos de llegar al final de la ruta 66 en Santa Monica cuando nos acerquemos a Los Ángeles.
Ya de noche pasamos por la presa Hoover que sirve de frontera para llegar al estado de Nevada. Si de noche ya nos parece espectacular de día debe serlo mucho más. De una simple presa también tratan de hacer negocio, pues había carteles de visitas guiadas por la presa, tiendas y demás.

Buscamos alojamiento y lo encontramos en el Hotel-Casino Hacienda en Boulder City, a unas 30 millas de Las Vegas. Nos sorprendió con sus precios bajos, más barato que algunos moteles, y el hotel estaba muy bien. Allí que nos quedamos y así pudimos tener una primera toma de contacto con las máquinas, el poker, las ruletas, el blackjack, etc. Fue sólo un aperitivo de lo que nos esperaba al día siguiente.

sábado, agosto 30, 2008

Día 14: Flagstaff- Grand Canyon-Flagstaff

El Gran Cañón o viviendo peligrosamente.

Flagstaff, hora indeterminada de la mañana. Algo me despierta. Abro los ojos y veo a César dándole golpes a mi teléfono móvil. Le pregunto que qué hace y me mira con cara de asesino. Al cabo de un rato descubro que con los tapones no he oído el despertador y parece que ha estado sonando un buen rato… Bueno, tampoco es para ponerse así. Me levanto y voy a ducharme. Una vez en el baño miro el reloj: las 5:15 am. Lo vuelvo a mirar. Siguen siendo las 5:15 am. Vaya bazofia de reloj que me he comprado en el Walmart, menos de una semana y ya funciona mal. Es curioso que con la hora que es esté todo tan oscuro… ¡¿Oscuro?! Ay Dios, que creo que he metido la pata. He puesto el despertador del móvil sin acordarme de cambiar la hora (en Arizona es una hora menos). Bueno, hay dos buenas noticias: el reloj del Walmart funciona bien, y tengo una hora más para dormir, así que me voy a la camita.

Flagstaff 6:15 am. Ahora sí, arriba. César sigue con cara de asesino. No entiendo por qué, si sólo ha sido un pequeño despiste sin importancia...
Bueno, al grano. Desde Flagstaff al Gran Cañón hay más de 80 millas, así que tenemos un ratillo de coche. La entrada al Parque son 25 dólares por vehículo. Pensábamos que además teníamos que pagar por persona, pero por suerte no es así. Es curioso, pero la entrada al parque nos va a costar la tercera parte de lo que nos costó ayer la entrada al Meteor Crater, y os aseguro que entre uno y otro, no hay comparación posible. El Gran Cañón es sencillamente impresionante: inmenso, con un colorido y unas formas increíbles.

Cuando entramos al Parque nos damos cuenta de que si al día siguiente queremos coger la excursión en helicóptero sería mejor reservarlo ya, así que dos de nosotros nos acercamos al aeropuerto para hacer la reserva.

Dentro del parque te puedes mover en coche, aunque por zonas limitadas, o en unos autobuses que son gratuitos. El plan que tenemos es ver el Cañón desde varios de los puntos con vistas panorámicas, luego hacer una excusioncilla a pie por la garganta Bright Angel (algo suavecito, no os penséis), y luego coger un autobús hacia la zona oeste, concretamente a Hopi Point, para ver desde allí la puesta de sol.

Lo de la excursión al final se queda en un paseo, ya que cuando llevábamos un ratillo bajando empieza a llover bastante (ya nos había advertido una amable guarda del Parque que probablemente iba a haber tormenta). Nos resguardamos como podemos en un recodo del camino y esperamos a que pase. De repente se oye un ruido sobre nuestras cabezas y tenemos el tiempo justo para apartarnos antes de que caiga una piedra de tamaño bastante respetable justo en el sitio en el que hacía unos segundos habíamos estado haciendo unas fotos. La verdad es que acojona un poquillo, así que entre eso y que el camino está ya impracticable, optamos por regresar al punto de salida.

Y lo de ir a ver la puesta de sol al Hopi Point también ha tenido su historia. Para empezar, la carretera está en obras, así que optamos por ir andando. En ello estamos cuando vemos un cartel con letras enormes y colores llamativos que dice algo así como “NO CAR OR PEDERASTRIANS ALLOWED. KEEP OUT”. Como nuestro inglés es muy avanzado entendemos perfectamente lo que quiere decir: “NO SE PERMITEN COCHES NI PEDERASTAS. LOS DEMÁS, P’ALANTE”. Así que p’adelante.

Al cabo de un buen rato de avanzar sin ver un alma nos barruntamos que quizás el cartel no quería decir lo que imaginamos, y que tal vez los guardas del Parque no vean con buenos ojos nuestra presencia allí, así que decidimos tener preparada una buena excusa, por si es menester.
De todas las estupendas ideas que surgen de la brainstorming, la más votada es la de Miguel y que consiste en convencerle al guarda de que después de lo Pearl Harbor, no queríamos tener que ver el atardecer rodeados de japoneses, y que por eso nos hemos salido del camino. Esperemos que se lo traguen…

El caso es que andando, andando, llegamos por fin al Hopi Point sin atisbar espécimen humano alguno. Cuando ya va a ponerse el sol, y estamos todo confiados, oímos a nuestras espaldas acercarse un coche que se para, una puerta que se cierra, unos pasos que se acercan. Cuando ya nos imaginamos a un guarda echándonos una bronca enorme, apareció un tipo que resulta ser un almeriense que está de voluntario en el Parque. El caso es que el tío se porta bien y ni siquiera nos pregunta qué hacemos allí.
Pasado el susto nos dedicamos a disfrutar de la puesta de sol. Ya sé que me repito, pero sólo sé calificarla de impresionante. Según se va escondiendo el sol, el Cañón se va tiñendo de rojo poco a poco, oscureciéndose y difuminando sus formas. Lástima que hay un poquillo de brumilla.

Pero volvamos a la realidad, porque ahora hay que regresar hasta al coche, que está a un buen rato andando, y sin apenas luz, y para colmo tenemos que evitar los coches de los guardas que pasan por allí. Cuando por fin llegamos al Cañonero ya es completamente de noche, y aún tenemos que cenar y encontrar donde dormir. Cenamos algo rápido en una pizzería de Tusayan, por cierto bastante cara y que a alguno le ha hecho estar toda la noche bebiendo agua. Lo de encontrar sitio para dormir se complica y al final tenemos que volver hasta Flagstaff, al motel de la noche anterior. Y así termina nuestro primer día en el Gran Cañón, en el que, por cierto, hicimos una amiga, como se ve en la foto siguiente.

Día 13: Grant- Flagstaff (Arizona)

PASO DE NUEVO MEJICO A ARIZONA O "LA MENTIRA DEL METEORITO"
El día no prometía mucho, la verdad, metidos en el Nuevo Méjico profundo para pasar a la Arizona profunda. Desierto, calor, sed, polvo (suciedad… so pillastres).
Sin embargo, haciendo ahora un balance del mismo, puedo concluir con que fue a resultar un día la mar de interesante, el cual paso a comentar.
A pesar de ello, si yo me llamase Yorch Lucas le hubiese titulado al día “La mentira del Meteorito”, como podréis comprender más adelante.
8:30 de la mañana, sonó el puto móvil-despertador. Qué momento más duro.
Lo primero, nada más despertar y tomar conciencia de la nueva realidad, a comprobar que nuestros cuerpos habían sido respetados. Y me voy a explicar, cosa conveniente teniendo en cuenta que conviviendo y durmiendo juntos los cinco durante 3 semanas se pueden llegar a coger grandes confianzas que, en condiciones normales, son impensables y que, el que lee esto, rápidamente puede imaginar, maliciosamente, eso sí.
La explicación es que desde que llegamos la noche anterior a la habitación del motel hasta que nos acostamos, matamos en ella más de diez mosquitos. Algunos de ellos en plena faena chupatil. Los cabrones se ponían en la puerta por fuera y, cuando la abrías, entraban para dentro. No son listos ni na los muy pequeñicos.
Yo me acojoné bastante, porque soy incapaz de dormir sabiendo que hay un bicho alrededor que quiere chuparme (…), sea cual sea. Y es que el que escribe tiene un gran problema con estos pequeños animalillos (mosquitos, pulgas… y demás fauna parásita). Debe de ser que tengo una sangre exquisita.
Así que, por si había quedao alguno vivo, decidí recurrir a viejas tácticas de supervivencia en estas guerras. Una táctica para evitar que te piquen los mosquitos es que el ambiente esté fresco, para así no destaparte con el calor (hace frío, asín que te tapas bien) y asín no te pican los mosquitos, pues no disponen de pista de aterrizaje/despegue.
De esta manera, le propuse a Edu (mi compañero de rum esa nait) poner el aire acondicionado de la habitación a tope durante toda la noche. Asín, a lo sumo, nos chuparían en la cara, pero no en las paturrias ni en los estómagos repletos de comidas basura.
Por la mañana, al despertar, nos examinamos y pudimos comprobar, con entusiasmo y alborozo, que nuestros cuerpos habían sido respetados, tanto por los mosquitos como por el ser humano que dormía a escasos decímetros de la presunta víctima (nosotros). Por lo primero el alivio fue grande. Por lo segundo indescriptible.
Tras ello, la rutina de ducha-vestirse-recoger-ponerse en marcha.
Guió el Cañonero Míguel. Como ha hecho alguno de mis compañeros de viaje, yo me sumo a agradecerle que ese día no tendiese a pisar el inexistente embrague del Cañonero cada vez que tenía que detenerlo por cualquier motivo. Nuestros cuellos le están eternamente agradecidos por ello y olvidan sin rencor los latigazos del pasado como consecuencia de las consecuentes paradas bruscas.
Ese día desayunamos en el Cañonero, mientras viajábamos hacia Arizona. El desayuno consistió en lo que bien podría ser el “oficial brecfast” de nuestro viaje: un plátano, un yogur líquido y, para los ansiosos, un zumo de naranja. La verdad es que el Cañonero da un juego enorme, pues desayunas en él como un señor. Los manjares los habíamos comprado la noche anterior en un súper mejicano (la mar de peculiar).
El paisaje, continuando con la planicie y la aridez, empezó a vislumbrar alguna montaña, cosa que no había sucedido hasta entonces a pesar de los muchos km. (aquí como son muy suyos los llaman millas) recorridos hasta entonces.
Nos sorprendió ver multitud de trenes de mercancías que circulaban por la llanura en sentido contrario al nuestro (de oeste a este). Además del número nos llamó la atención la cantidad de vagones de cada uno de ellos (más de cien). No calculo las toneladas de mercancías en vagones que nos pudimos cruzar aquel día. Estos tíos son un poco animales para todo. Cada tren lo remolcaban hasta cuatro máquinas.
A media mañana llegamos a un pueblillo de Nuevo Méjico llamado Gallup, en plena Ruta 66. La guía que había comprado para el viaje lo recomendaba, por tener muchas tiendas de artesanía y demás cosas indias.
Lo primero, siguiendo a rajatabla el protocolo del buen turista, fuimos al punto de información (Gallup Cultural Center). Un indígena (es decir, un indio, descendiente de los que había allí antes de que llegaran los ingleses a darles caña…) nos atendió y se afanó en ofrecernos multitud de cosas para ver (calles, museos…), entre ellas un festival intercultural que empezaba aquel día.
Dimos una vueltilla por el pueblo, con un calor bastante majo (treinta y muchos).
En muchas paredes del centro había dibujados murales de gran tamaño, y chulos. En la foto adjunta podéis ver uno.
Tal y como comentaba la guía, pudimos ver muchas tiendas de artesanía indígena.
El pueblo me gustó mucho. Merece la pena pasar por él.
Me sorprendió muchísimo que una buena parte de su población fuera indígena. Es como si fuese un pueblo que mantuviese las generaciones de los indios que poblaron aquellas tierras antes de que llegaran los hijos de la gran… bretaña. Solo que ahora los indios, en vez de ir montados en un caballo iban sobre un montón apretujados en el motor de una potente rancheras o de un deportivo.
Un poco antes de las 12 de la mañana nos fuimos de Gallup.
Y enseguida pasamos a Arizona, séptimo Estado de la Ruta 66 y noveno de nuestro viaje.
En la hoja de ruta planeada por Edu antes del viaje estaba el visitar el “Petrified Forest Nacional Park”, del cual no había oído hablar en la vida.
El parque resultó ser sorprendente, positivamente.
Se trata de una zona de pequeñas montañas de colores muy diferentes y formas curiosas.
El nombre (bosque petrificado) le viene porque hay un montón de troncos que, por un rollo geológico, se han petrificado y ahora son rocas (pero no te das cuenta de ello hasta que estás muy cerca, pues de lejos parecen troncos de madera).
Comentar que antes de entrar al parque tuvimos que decirles a los guardas del mismo, a su requerimiento, que no llevábamos con nosotros ningún fósil ni ningún mineral. Esto venía para controlar el que no nos llevásemos del parque ninguno de estos troncos petrificados, lo cual estaba prohibido, como nos dejaron muy claro a la entrada (si decíamos a la entrada que no teníamos nada con nosotros, nada teníamos que tener a la salida).
Insisto en que el parque merece mucho la pena. A mí me encantó, en parte porque fue una sorpresa que no me esperaba. Lo malo, como ya era habitual, el calor que nos hizo.
Se nos hizo un poco tarde para comer… y nos temimos lo peor. Pero al final se apiadaron de nosotros en “Mr. Maestas”, en Holbrook. Claro que esa misericordia la cobraron con creces después al autoajudicarse un 15% de propina (aquí lo hacen en algunos sitios), que el grupo decidió no discutir. Comimos la que es la comida oficial de nuestro viaje y del país en sí: hamburguesaza y patatas fritas. Homenaje al colesterol.
Tras la comida cogimos ruta hacia Flagstaff, pueblo lanzadera hacia el Gran Cañón, que visitaríamos los dos días siguientes.
De camino paramos en el “Wigwam Motel” que es curioso porque las habitaciones se encuentran dentro de tiendas de campaña que simulan a las de los indios. Así el motel parece un poblado indio, de los de las películas. Además, delante de cada tienda hay un coche antiguo de los que les gustan aquí (Cadillac por ejemplo). Me quedé con las ganas de saber lo que costaba una habitación. De todos modos, aparte de la tontería de decir que has dormido en un poblado indio (es un decir), las habitaciones no parecían muy cómodas.
Seguimos ruta y de camino nos salimos de la carretera para ir al “Meteor Crater Natural Landmark”. Se trata de un boquete gigantesco que hay en mitad de la llanura (aquí las llanuras son llanuras, es decir, mires a donde mires no se ve ni un minúsculo montículo) y que produjo hace ya unos cuantos años (fijaos que de aquella todavía no había nacido Fraga) un meteorito que chocó a mucha velocidad contra la Tierra.
El cráter estaba a unas cuantas millas de la autopista, que tardamos un ratillo en recorrer.
Al llegar pudimos comprobar, una vez más, lo buenos que son los norteamericanos para el tema de montar un negocio y sacar los cuartos al prójimo.
En este caso el gancho, aparte del propio cráter, es el “ya que hemos llegado hasta aquí entramos ¿no?”. Los cabrones se sirven de eso para cobrarte 15$ por barba. Este precio resulta abusivo, teniendo en cuenta lo que vimos detrás de aquellas puertas y teniendo en cuenta que hemos pagado mucho menos por ver Parques Naturales que le dan millones de vueltas a esto (Gran Cañón, Yosemite…).
Así que nos miramos y nos dijimos “ya que hemos llegado hasta aquí entramos ¿no?” y sucumbimos. “75$ plis” nos dijo el de la ventanilla.
Dentro hay un cráter gigantesco (que llama la atención, pues es muy ancho y muy profundo).

También hay una especie de museo relacionado con los meteoritos, con los planetas… que no es más que un pretexto que le ponen para justificar que te han cobrado esa pastísima para entrar. Lo único interesante que tenía es un aparato con el que podías hacer una simulación del choque de un meteorito (podías elegir su masa, su velocidad…) contra un planeta (yo elegí la Tierra).
También hay unos WC en los que alguno aprovechamos para soltar un meteorito que nada tuvo que envidiar al que había originado aquel emporio mucho tiempo atrás.
Una cara tienda, en la que no nos compramos nada, completaba el compendio.
El cráter tenía dos miradores, desde los cuales nos hicimos las obligadas fotucas al grito enérgico de “¡¡¡meteoritorrr, meteoritorrr, meteoritorrr….!!!”, el cual hizo que los otros visitantes nos mirasen un tanto flipaos. Como he comentado, se supone que ese boquete gigantesco lo produjo un meteorito que desde la aurora interestelar chocó contra el planeta Tierra, que es en el que vivimos. Esto dio lugar a otro de los grandes debates del viaje. Y es que a alguno de nosotros, entre los que me incluyo, toda la historia esta del meteo no se qué nos suena un poco a película. Yo me decanto más porque aquello ha sido excavado por los americanos para atraer y sacar los cuartos (75 cuartos, o más bien enteros, exactamente) a cinco gilipollas como nosotros.
Ya oscureciendo continuamos el camino hacia Flagstaff, a donde llegamos ya de noche. Allí teníamos la referencia de una pizzería que nos había recomendado alguien en España (gracias Noemí): Picazzo´s. Preguntamos en el centro del pueblo a una atractiva joven y más o menos nos lo supo indicar. Estaba en las afueras del pueblo.
Nos costó un poquillo encontrarlo, pero después de unas cuantas vueltas y casi de casualidad, dimos con ello. Mereció la pena, pues nos metimos pal cuerpo un par de pizzas y unas cervezazas dignas de cinco intrépidos como nosotros.
Tras ello nos pusimos a buscar motel (como todas las noches). Esta vez nos costó un poco encontrarlo, pues, aunque había muchos, los propietarios se subían bastante a la parra y pedían muchos dólares. Al final encontramos el “Arizonan Motel” en el que dormimos placenteramente los cinco por 101,6$, previo preceptivo regateo con el indio-pakistaní que lo regentaba, un tipo bastante peculiar.
Nos acostamos con un cosquilleo en el cuerpo propio de saber que al siguiente día nos esperaba uno de los platos fuertes (si no el más) del viaje: el Parque Nacional del Gran Cañón del Colorado.
El siguiente día nos confirmaría que ese cosquilleo estaba más que justificado, pero esa ya es otra historia…